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CRÓNICAS

“La Lucha Estadista en el Contexto Americano” – Rodney A. Ríos Rodríguez

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Por: Rodney A. Ríos Rodríguez

Si mantenemos nuestra fe en nosotros mismos, y lo que es aún más importante, mantenemos nuestra fe en la aplicación regular y persistente al trabajo duro, no tenemos que preocuparnos por el resultado”. -Calvin Coolidge

            Después de la Guerra Civil, el activista y político Frederick Douglas tenía esperanzas de ver a los afroamericanos llegar a la igualdad política y jurídica que se les había negado durante demasiado tiempo bajo la esclavitud. Desafortunadamente, la realidad lo decepcionó y con el paso de los años después de la guerra, Douglas veía su sueño más lejos que nunca; viendo la creación del sistema de segregación racial justo unos años antes de morir. Aun viviendo todas esas decepciones, Douglass mantuvo la fe que algún día no habría segregación y los afroamericanos podrían ejercer sus derechos políticos libremente. Cuando murió Douglass, venían en ascendencia dos grandes figuras de la historia afroamericana, W.E.B. Du Bois y Booker T. Washington. Por un tiempo, ambos hombres mantenían sus fuerzas unidas, buscando mejorar la calidad de vida y luchando por alcanzar la igualdad para los afroamericanos. Booker murió primero, muy lejos de haber visto su sueño hecho realidad; Du Bois, por su parte, sufrió tanta frustración en la lentitud de los cambios políticos y sociales que perdió todo su patriotismo y terminó convirtiéndose en comunista. Ninguno de los dos vivió para ver el triunfo del movimiento de derechos civiles. Sin embargo, con excepción de Du Bois, ni Washington, ni Douglass perdieron su fe que algún día se lograría la igualdad.

Por supuesto, como ha notado el escritor, abogado y analista político David French, no se puede sugerir que medio siglo de progreso racial implica que se han superado todos los legados de la esclavitud y la segregación; pero es obvio que hubo grandes logros en la década de los sesenta por el movimiento de derechos civiles. La fe triunfó ante mucha adversidad. Algo parecido sucedió con el proceso de admisión de muchos estados de la unión que tuvieron una ardua lucha para conseguir su igualdad y soberanía como estados. Como nos narra el historiador y jurista Eric Biber, Tennessee sufrió tanta resistencia a la estadidad que tuvo que inventarse lo que conocemos como el Plan Tennessee.  Luisiana, por su parte, sufrió fuerte discrimen y prejuicio por ser un territorio francés, ser predominantemente católico y tener un sistema de derecho civil. Nuevo México tuvo que luchar su estadidad por discrimen contra la población latina; Hawái se temía que no fuera lo suficientemente leal a la unión; Utah por discrimen religioso, etc. En resumen, pocos son los estados que se convirtieron en tal sin una lucha multi-generacional y ardua.

El propósito del breve recuento anterior es ilustrar el mero hecho de que, en la política, como en todos los asuntos de la actividad humana, para parafrasear al novelista Shelby Foote, las expectativas tienden a adelantarse a la realidad. Si vemos estos asuntos dentro de la óptica de la nación americana, es natural pensar que hay que luchar hasta mejorar nuestra sociedad y nuestra unión mediante la expansión de derechos y la aspiración a que todos los ciudadanos americanos – sin importar donde residan – estén en igualdad política con representación y voto en el Congreso federal. Es ese el espíritu motivador de todos los movimientos estadistas en nuestra historia.

Naturalmente, en Puerto Rico si ves a la isla desde afuera de la nación americana nunca te hará sentido la lucha estadista. ¿Por qué, se preguntan los separatistas y obstruccionistas, los estadistas no se dan cuenta que los americanos no los quieren? El estadista responde, aunque las palabras pasan por sus oídos como si les habláramos en alguna lengua antigua y muerta ya inentendible: “porque no somos pro-americanos, somos americanos” como decía Luis Muñoz Marín. Contestación que los separatistas achacan a un sentido de inferioridad, o a que simplemente el pobre estadista es un sujeto “colonizado”. Los separatistas ven la historia de Puerto Rico desde 1898 como una tragedia, el estadista lo ve como el inicio de una carrera hacia la igualdad de la estadidad. Los puertorriqueños, al crearse la condición de territorio no incorporado, también fuimos víctimas del espíritu de segregación y discrimen racial. Todavía sufrimos las consecuencias de esos nefastos precedentes jurídicos. Pero, a pesar de todo, si uno se fija, hay un cierto parecido entre la historia puertorriqueña y lo ocurrido con Douglass, Du Bois y Washington. Cuando se dio la anexión en 1898, la clase dirigente de Puerto Rico abrumadoramente era estadista. A medida que pasaba el tiempo y se sufrían derrotas políticas, discrímenes y decepciones, Muñoz Rivera, Rosendo Matienzo Cintrón y otros abandonaron el ideario estadista y se convirtieron en autonomistas o separatistas. Como ha dicho el exsenador Orlando Parga, solo José Celso Barbosa – como Booker T. Washington anteriormente – mantuvo la fe y su patriotismo con la nación americana y la idea de que estaba en el poder del pueblo de Puerto Rico lograr su soberanía como Estado de la unión.

Sus esperanzas estaban en lo correcto. Los estadistas, y autonomistas, como unionistas, han logrado todas las grandes conquistas políticas de Puerto Rico. El Puerto Rico que profesan amar los separatistas, en realidad es un constructo unionista. Los puertorriqueños no han sido entes pasivos de su destino, sino que han luchado como todos los pueblos libres y que componen la nación americana para crear “una unión más perfecta”. Puerto Rico es una mejor sociedad después de la anexión. En unión permanente, el pueblo puertorriqueño construyó una sociedad libre, consensual y pluralista. No tuvo que ser así, nuestra historia bajo España y la de mucha parte del Caribe, demuestra que pudieron tomarse otros rumbos. Vivimos, en fin, en un Puerto Rico libre ya, no hay que imaginarlo. Pero resta concluir nuestra gesta de soberanía política unionista, iniciada sobre todo en 1952. Los estadistas tenemos que reconocer que resta mucho trabajo por hacer para mejorar nuestras estrategias de lucha. La forma que en la cual llevamos operando no está dando resultados; no hemos logrado entrar en la agenda nacional como un problema urgente. Mientras no logremos aumentar la presión, se nos seguirá ignorando. Pero, a pesar de que la prensa nos vende toda noticia negativa para inclinarnos a buscar la independencia por mero cansancio o indiferencia, alegando que la estadidad es imposible; no debemos escuchar las voces derrotistas. Por cada contratiempo, se trata de nuevo con más fuerza y como hemos hecho tantas veces antes, algún día venceremos.

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