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CRÓNICAS

“El Problema del Independentismo” – Rodney A. Ríos Rodríguez

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Por: Rodney A. Ríos Rodríguez

“[El Partido Nacionalista] representa propósitos fascistas de tiranía por parte de un minúsculo grupo de fanáticos armados que quieren imponer, con grotesca y trágica inutilidad, su propia interpretación de la libertad a dos millones de puertorriqueños” –Luis Muñoz Marín, 1950.

En uno de sus libros, el exgobernador Rafael Hernández Colón mencionó que “Lo que es autóctono, propio y particular a Puerto Rico es la autonomía como sistema político”. Cierto, pero se le debe añadir que el otro ideario político dominante en Puerto Rico — aunque, según algunos estudiosos del tema, nace del autonomismo de siglo XIX — es el federalismo (anexionismo o estadoísmo, como se le prefiera llamar). Por otro lado, el escritor José Luis González mencionaba en su ensayo El País de los Cuatro Pisos que el independentismo ha sido a través de la historia puertorriqueña una ideología de minoría, mayormente de las élites, sin mucho apego entre la mayoría del pueblo puertorriqueño. Estas aseveraciones tienen prueba en el récord histórico. El padre del movimiento independentista, el Dr. Ramón Emeterio Betances —denominado por algunos como el “padre de la patria” — después de años de valentía y ardua lucha revolucionaria desde la comodidad de Nueva York o París para la independencia de la Isla, al ver el poco apoyo que tenía la separación y el fracaso de sus aspiraciones, resumió sus observaciones con la siguiente frase: “Los puertorriqueños no querían la independencia”.

En todo caso, en la historia del separatismo se pueden distinguir dos corrientes principales, siempre en tensión y conflicto ideológico entre sí; más por tácticas que por ideología. La primera es la visión moderada, esta es la facción que — aunque deslegitima, repudia y ataca todas las instituciones políticas, económicas, sociales y hasta culturales puertorriqueñas — favorece destruir el estatus colonial participando de sus procesos políticos y presta, por lo menos superficialmente, apoyo a la democracia y el imperio de la ley. La segunda corriente es la militante y violenta, la que rechaza totalmente a la unión permanente entre Puerto Rico y Estados Unidos, denominándolo opresión colonial y busca todos los métodos posibles, legales o no, para alcanzar la independencia. Ahora bien, estas dos corrientes no son estáticas y totalmente separadas una de la otra. Se influyen entre sí. Por ejemplo, el Partido Independentista Puertorriqueño (PIP) tiene la costumbre de idealizar actos terroristas, además de alabar la protesta y la cultura de “lucha” como un fin en sí mismo. En el fondo, ambas corrientes comparten el odio al Estado Libre Asociado por colonial y buscan, supongo, hacerlo ingobernable o al menos retrasar la estadidad.

Así las cosas, el independentismo al darse la anexión de la Isla por EE. UU. en 1898 dejó atrás por un tiempo su visión radical y violenta (la de Betances) y sobrevivió por mucho tiempo simplemente como un ideario cultural de escritores e intelectuales. Aunque había independentistas, José de Diego y Antonio R. Barceló, por ejemplo, estos vacilaban entre autonomía o separación y se enfocaron en carreras políticas pragmáticas. La actitud sobre el estatus era, básicamente, la de esperar que el Congreso decidiera el futuro de Puerto Rico. Una visión pasiva, no proactiva. Sin embargo, como han notado historiadores como Antonio Quiñones Calderón, con el ascenso de don Pedro Albizu Campos esto cambia. Aquí surge un nacionalismo extremista, violento y separatista a toda costa, inspirado fuertemente por las luchas irlandesas y el fascismo.

El resurgimiento de esa corriente extremista es la que crea el problema principal del independentismo. Como ha explicado Fernando Reinares, el independentismo al confrontar la realidad de su limitado poderío político y decepcionantes resultados electorales ha tenido la costumbre de entonces iniciar una estrategia de retraimiento. Eso implica que rechaza las instituciones y participación en los procesos políticos, ya que los considera fraudulentos o ilegítimos. Al perder las elecciones de 1932, por ende, el Partido Nacionalista Puertorriqueño se radicaliza y comienza un fuerte discurso de abogar por la violencia como medio para lograr sus objetivos. Es en esos tiempos de ánimos caldeados que se da el motín en el Capitolio instado por parte de Albizu para que la Legislatura estadista no estableciera una bandera oficial para Puerto Rico; es cuando se dan las huelgas en los muelles; los intentos de asesinar al entonces gobernador Winship, la masacre de Río Piedras, la masacre de Ponce, el asesinato del coronel Riggs, el Proyecto de Independencia Tydings, etc. Era, en fin, una época de extremos y mucha violencia que se alimentaba tanto de algunos funcionarios gubernamentales como por los nacionalistas.

Afortunadamente, la democracia puertorriqueña sobrevivió. Posteriormente, al ver al pueblo puertorriqueño a punto de votar para crear su propia constitución y reafirmar mediante su voto directo la unión permanente y su total inaccesibilidad al poder mediante los votos al poder, el Nacionalismo lanzó un ataque sedicioso e insurrección mediante la revuelta nacionalista en 1950, intentando mediante la violencia y el asesinato de líderes políticos puertorriqueños y al presidente Truman imponer su voluntad sobre la de los ciudadanos. Luego, en 1954, tirotearon el Congreso, buscando asesinar al Comisionado Residente Antonio Fernós Isern e hiriendo a varios congresistas. ¿Acaso eso es patriotismo? La primer ministro británico Margaret Thatcher una vez explicó que el terrorismo consistía en organizaciones que buscaban imponer sus ideas al pueblo mediante la violencia cuando estos existían en sociedades abiertas donde podían presentarse ante el electorado con sus políticas públicas propuestas; eso era y es despreciable.

En todo caso, al haber instigado una insurrección contra la democracia puertorriqueña misma y contra el gobierno federal, era natural y propio que se tomaran medidas de acuerdo con la naturaleza de la amenaza. Es por eso por lo que entiendo que, en general, el arresto y detención de líderes nacionalistas, comunistas y separatistas fue lo correcto por parte de la administración Muñoz Marín. En donde se equivocaron fue al excederse y monitorear o discriminar contra independentistas comunes que no creían en la revolución armada ni en el uso de la violencia. Por otra parte, durante los años 50 el independentismo tuvo su mejor década de éxito electoral, y mediante el PIP moderaron su actitud. Sin embargo, a su vez se fundó el Movimiento Pro-Independencia de Juan Mari Bras, donde tuvo hogar el separatismo radical. Así las cosas, durante la década de los 60 el independentismo fue cayendo cada vez más en la irrelevancia política y electoral, por lo cual, nuevamente, se aplicó la estrategia de retraimiento y surgieron una variedad de organizaciones terroristas como: Comandos Armados de Liberación; el Movimiento de Independencia Revolucionaria en Armas; las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional (FALN); Los Macheteros (según Reinares es una “organización de inspiración nacionalista a la par que comunista); y finalmente surgen otras células terroristas como la Organización de Voluntarios para la Revolución Puertorriqueña (OVRP) y las Fuerzas Armadas de Resistencia Popular (FARP).

Entre estas organizaciones, muchas desmanteladas por la policía y el FBI, se lanzaron una variedad de actos terroristas como asaltos a bancos, el asesinato de soldados, policías, la instalación de bombas en infraestructura y centros comerciales, etc. Los arrestos y procesamientos de estas personas fueron, a través de los años, por sus actos de terrorismo, no por sus opiniones políticas. Es por ende vergonzoso y deshonroso que la prensa y algunos medios presenten a estos individuos como “prisioneros políticos” y también es bochornoso que mucho del pueblo puertorriqueño se niega a denominarles lo que son, criminales que buscan imponer mediante las armas sus visiones. Las actitudes de estos grupos consistían en terrorismo ya que, como explica Reinares, buscaban mediante la amenaza y actos violentos atacar instituciones simbólicas para transmitir mensajes. Sus acciones violentas se van en contra del primer deber de todo gobierno, que es mantener seguro a sus ciudadanos. Por ende, era obvio que se les arrestaría y procesaría. Eso, sumado a las acciones insidiosas durante la Guerra Fría de apoyo a los Castristas en Cuba y otros enemigos de EE. UU. — nación de la cual somos ciudadanos y juramos lealtad a — por parte de los partidos independentistas, era necesario, por ende, mantener por lo menos al liderato bajo vigilancia.

En conclusión, el independentismo vive una falacia en su auto percepción. A pesar de que adoran jugar el papel de víctima y alimentar un discurso de victimización hacia ellos y el pueblo puertorriqueño, la realidad es que a través de la historia muchos independentistas radicales, innecesariamente, han apostado a la violencia, el terrorismo y a buscar alianzas con déspotas para adelantar su causa. Al enfrentarse a una sociedad abierta y libre, donde pueden participar en los procesos políticos, el pueblo nunca les ha favorecido con sus votos, a pesar de su dominio de la prensa y de la academia. ¿De dónde, entonces, proviene su discurso de creerse los verdaderos representantes de los puertorriqueños? Sencillamente, viene del vicio del orgullo, del elitismo, como bien notó el independentista José Luis González en su crítica al independentismo tradicional.

Es por eso por lo que el independentismo es anti puertorriqueño y la verdadera ideología política ahistórica. Esta ideología niega la verdadera evolución autonomista y federalista de la historia puertorriqueña. Su ideario se basa en un abstracto de un Puerto Rico idílico que nunca existió y en una utopía futura que es inalcanzable en vez de la Borinquén real e histórica. Nunca han contribuido a construir a Puerto Rico, en el campo político, los independentistas. El Puerto Rico democrático y libre, sus avances políticos y sociales; su industrialización y constitución – la cual el independentismo boicoteó y trató de derrocar mediante las armas – ha sido producto de la labor de próceres estadistas y autonomistas. Eso, sumado a su apología a las dictaduras, sus tendencias marxistas y su cultura de protestar todo hasta llevar a la ingobernabilidad son algunas de las razones por las cuales nunca se les debe dar acceso al poder y la gobernanza. Cuando una meta abstracta se va por encima del respeto a las normas democráticas o la vida humana, eso lleva a las atrocidades de la historia (los casos de Rafael Leónidas Trujillo o Augusto Pinochet, por dar dos ejemplos). Por lo menos desde la década de los 1930, el independentismo no ha demostrado ser un actor respetuoso y responsable de la democracia y la libertad ordenada en Puerto Rico. Dicho en pocas palabras, el independentismo no es de confiar con el poder.

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