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CRÓNICAS

“El alma del PNP” – Rodney A. Ríos Rodríguez

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Por: Rodney A. Ríos Rodríguez

Existe un fenómeno interesante en la política puertorriqueña respecto al Partido Nuevo Progresista (PNP). El fenómeno consiste en que el PNP, siendo el partido político más grande en Puerto Rico, habiendo sobrevivido en otras ocasiones ataques desde todos los frentes y divisiones internas, está sufriendo un desgaste político y electoral. Muchos sectores de la sociedad puertorriqueña, incluso estadistas no afiliados al PNP de índole conservadora o liberal, celebran el declive electoral del partido que de un punto alto de 52 % del voto en 2008 ha ido reduciendo su resultado de 47 % en el 2012; a 41 % en el 2016 a 32 % en las elecciones del 2020. Parte de esa decadencia es como resultado de una silenciosa guerra civil ideológica interna en el partido. Una guerra por el alma del PNP.

Esto tiene raíces profundas desde los inicios mismo del partido. El PNP fue fundado por estadistas republicanos, demócratas, liberales y conservadores como una gran casa de la estadidad —una coalición— cuyo propósito sería mayormente la justicia social (en el sentido de una clase trabajadora y media más educada, profesional, desarrollada con mejores salarios y calidad de vida); el desarrollo económico y la búsqueda de la estadidad. Desde sus inicios ha tenido tensiones entre sus bandos conservadores y liberales. Lo cierto es que la política y sociedad, inmediatamente y mucho tiempo después de la Segunda Guerra Mundial, era una de centro con muchas nociones comunes y una cultura generalmente monolítica y homogénea (por lo menos en la superficie). En ese sentido, el PNP es una criatura institucional de una época menos voluptuosa cuando la política giraba en el centro y no era tan extremista. Naturalmente, a medida que se ha ido polarizando la sociedad y quebrantando los antiguos consensos —por ejemplo, la globalización, el declive del cristianismo en la sociedad como una fuerza dominante, el ascenso del anticolonialismo anti-ELA, los movimientos sociales nuevos y el surgimiento de una juventud muy distinta de sus padres y abuelos— ha provocado que la sociedad se fragmente políticamente y surjan nuevos partidos. En ese sentido, el PNP tiene características institucionales semi-arcaicas. Esa polarización social a la vez ha tenido un efecto en el interior del PNP, que mucha de su base estadista se ha movido con el Proyecto Dignidad; un fenómeno similar a la dinámica PPD-MVC.

Estas divisiones se notan en la crítica de mucha de la juventud y el ala progresista del partido que el PNP es demasiado conservador, ya que no toma posturas a favor de movimientos de izquierda. Simultáneamente, paradójicamente, muchas personas en las redes sociales de ideología conservadora alegan que el PNP es un partido liberal que apoya la “ideología de género” o no es nada distinto al PPD en sus propuestos socioeconómicas. Aunque bien es cierto que históricamente el liderato del PNP ha sido mayormente demócrata o liberal, la masa abrumadora de sus seguidores han sido conservadores. Estos dos polos del PNP han luchado a través de su historia, como por ejemplo los choques entre los legisladores Benny Frankie Cerezo (liberal) y Ángel Viera Martínez (conservador), ambos representando sus respectivos bandos. A pesar de esto, el PNP ha logrado mantener, ante toda adversidad, su funcionalidad institucional, su coalición, ha implementado muchas de sus políticas y operado efectivamente en el escenario político.

En estos días, se ha ido rompiendo ese consenso interno del PNP. Muchos de sus más severos críticos han sido recientemente de la derecha. Por ejemplo, el analista Enrique “Kike” Cruz ha argumentado que el PNP necesita volver a sus raíces de partido “conservador, ideológico y progresista”, para evadir el desgaste electoral. De igual forma ha argumentado la delegada a la Cámara de Representantes federal, Elizabeth Torres. Por otro lado, hay un bando que alega totalmente lo contrario, que para crecer y restaurar el partido se debe integrar en las corrientes ideológicas de izquierda y ser un partido “progresista”; para, supuestamente, lograr el voto de la juventud y revivir el partido. Ambas posiciones tienen argumentos meritorios, y reflejan el problema interno del PNP. ¿Qué ocurre cuando un partido de coalición opera en tiempos de extremismo político? ¿Se hace obsoleto? ¿Cómo podría el PNP persistir y recuperar terreno electoral? Son pugnas e interrogantes apremiantes que hay que contestar y evaluar.

Es cierto que parecería que su amenaza electoral y política inmediata es Proyecto Dignidad; igualmente siendo el partido de la unión permanente tiene el deber de presentar un discurso ideológico y articular una respuesta a la incesante y creciente ideología separatista que está de moda entre la élite y la juventud; y es propagada mediante nuestras instituciones educativas, periodísticos y culturales. El PNP en estos días parece estar inseguro de a qué dirección ideológica irse o cómo manejar la situación. Esto se refleja en los choques y votaciones que se dan en la Legislatura, notablemente la discusión reciente entre los senadores Joanne Rodríguez Veve y William Villafañe reflejan esta dinámica de debate ideológico. ¿A dónde se debe dirigir la ideología del partido? Por el momento no parece haber un giro definitorio. Tampoco podemos estar seguros de que el giro del partido, si da alguno, será el correcto con resultados políticos ventajosos o deseables. Pero sí es notable que la coalición del PNP está sintiendo fuertes presiones políticas; y a medida que no se toma una posición definitiva no se complace a nadie y aumenta el descontento y fragmentación de la coalición. Definitivamente este fenómeno es un acertijo.

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