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CRÓNICAS

“Sobre la agenda Biden” – Rodney A. Ríos Rodríguez

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Por: Rodney A. Ríos Rodríguez

A casi un año desde que inició la administración del presidente Biden, hay cierto sentido de decepción en muchos rincones de la nación. La aprobación del presidente se encuentra en un pésimo 42% y en aparente declive constante; desde la perdida de la Guerra de Afganistán sus números no parecen recuperarse. Hay un sentir de que es solo cuestión de tiempo en lo que el Partido Republicano arrase las elecciones de medio término, logrando mayorías sustanciales en el Congreso. A la vez, hay un sentido de falta de iniciativa y poco control ante los eventos. Hay una crisis en la frontera—e, irónicamente, esto llevó a que se reinstalara la política de “mantenerte en México” de la pasada administración Trump—la inflación va en aumento, un crecimiento económico lento y una pandemia que rehúsa terminar. En el plano internacional la administración Biden se proyecta débil, parecería que no tiene la voluntad de desincentivar potencias enemigas de acciones contrarias a sus intereses. Aunque no todos los problemas que enfrenta la administración son de su creación o de fácil solución, lo cierto es que en parte los problemas que ha enfrentado la administración son de cierto paternalismo elitista en su tono y en sus estrategias de comunicación al pueblo. Por ejemplo, la Casa Blanca ha negado en varias ocasiones la seriedad de los problemas y no admite responsabilidad por las consecuencias.

Por muchos lados hay un fuerte sentido de decepción. Los Republicanos alegan que llegó el socialismo a EE. UU., mientras que demócratas moderados piden a la administración ignorar el ala progresista y el ala progresista alega que Biden debe girar más a la izquierda para resolver sus problemas. Aun así, la administración ha tenido sus éxitos—principalmente la legislación bipartita de infraestructura. Pero desde que el Senador Joe Manchin III anunció que no votaría por el proyecto “Build Back Better” (BBB) del presidente, ha caído la furia del ala progresista sobre él con alegaciones absurdas de que un solo senador ha descarrilado el gobierno de Biden y destruido la democracia.

El ala progresista está equivocada por varias razones. Primero, la campaña de Biden surge bajo la premisa de una restauración de la normalidad. Es decir, Biden triunfó contra el Sen. Bernie Sanders y el ala progresista, por amplios márgenes. La inmensa mayoría de electores demócratas rechazaron la agenda progresista en sus propias primarias. Adicionalmente, la administración Biden—como notó el analista y escritor libertario Charles C.W. Cooke—ignoró su mandato y prefirió escuchar las voces que alegaban que debería seguir las administraciones progresistas de Franklin D. Roosevelt y Lyndon B. Johnson, ignorando el hecho que ambos presidentes lograron victorias electorales masivas con súper mayorías en el Congreso. Eso no ocurrió en las elecciones de 2020, donde la mayoría demócrata en el Senado es solo por la vicepresidenta y la mayoría en la Cámara de Representantes es de apenas 4 escaños. Difícil alegar un mandato electoral amplio bajo esas circunstancias.

Por otra parte, la crítica contra el Sen. Manchin de ser un solo senador obstruyendo la democracia de la nación es absurdo. Los senadores son electos por sus estados, no responden a un electorado nacional. Un principio básico de nuestro sistema republicano de gobierno es que, si no posees los votos necesarios en el Congreso, entonces esa legislación no se convertirá en ley. Eso no es un defecto democrático, es parte del sistema. La función de los senadores es representar los intereses de su estado. Si el estado de West Virginia, que Donald Trump ganó por 68.62%, rechaza la agenda de BBB, el Sen. Manchin está haciendo su trabajo adecuadamente representando lo que entiende son los deseos de sus constituyentes. Si los demócratas creen que un progresista puede ganar ese escaño en el Senado, solo triunfarán en poner su mayoría senatorial en riesgo. Por otro lado, no es el Sen. Manchin quien único se opone a la legislación, no es uno solo el que “obstruye”, sino que 50 senadores Republicanos más Manchin lo hacen. Lo cual significaría que más de la mitad del Senado está en oposición, como es la prerrogativa del Senado independientemente de si uno apoya la legislación o no. Si el presidente Biden logró apoyo bipartidista para infraestructura física y no para Build Back Better, eso es solo la naturaleza de nuestro sistema de gobierno. Como dijo el economista y sociólogo Thomas Sowell, “Si el pueblo no quiere que se haga una cosa determinada, aunque la intelligentsia lo considere deseable o incluso imperativo, eso no es una dificultad. Eso es la democracia”.

El pretender que legisladores de distritos excesivamente de izquierda conocen mejor los intereses y deseos de los pueblos de los estados que se oponen a Build Back Better es solo soberbia que no reconoce las realidades y limitaciones políticas de la nación. Es difícil que el Partido Demócrata—o el Republicano—construyan un consenso político amplio de esa manera, sin respetar el federalismo y los deseos de cada estado. Es parte del elitismo que ha llevado al declive del Partido Demócrata.

En breve, la administración Biden tiene tiempo de ajustar y seguir su mandato original de regreso a la normalidad. La nación no votó por cambios radicales, votó por una administración pública eficiente. La mayoría en el Senado, incluso, fue un tipo de accidente electoral. En días recientes el tamaño de la deuda nacional ya excede el tamaño de la economía norteamericana; no hay presupuestos balanceados desde hace mucho tiempo, y las prioridades del presupuesto federal parecen estar desajustadas. Es necesario un programa, como se ha hecho antes, para poner las finanzas nacionales en orden. Eso implica subir impuestos, balanceando la competitividad económica (es decir, mantener impuestos corporativos bajos), y reducir gastos para ir cerrando los déficits y reduciendo la deuda nacional.

En Puerto Rico sabemos muy bien que ocurre a la larga cuando la deuda crece sin control. No debe haber ningún deseo de ver la crisis fiscal replicada a nivel federal. No se podía incurrir en un gasto como Build Back Better, aunque hay muchos aspectos propuestos en la legislación que son necesarios e importantes. Algunos comentarán que aun así no se propone reducir el gasto militar y se ha procurado una inversión masiva en defensa. La respuesta a esa crítica es que adicional gasto público a uno ya existente no es una solución, además de que la principal responsabilidad del gobierno federal es la seguridad nacional. En tiempos de una Segunda Guerra Fría, es necesario la modernización en defensa. Esa es una de las responsabilidades más básicas del gobierno federal, no tanto así otros programas. En todo caso, como quiera el mayor gasto federal siguen siendo los programas de seguridad social, por lo que aumentar el gasto en seguridad social sin primero poner las finanzas de esos programas en orden es un sinsentido.

En fin, el sistema federal funcionó correctamente al derrotar la legislación de Build Back Better. Hay muchos otros problemas por atender, primordialmente relaciones internacionales, la frontera, combatir el crimen—que va en aumentó por primera vez en 30 años a nivel nacional—la participación laboral, el derecho al voto, la inflación y el control de la deuda nacional. La administración Biden debería abandonar el ala progresista, rechazar el wokismo y buscar imitar las políticas de triangulación de la era de Clinton. Quizás de esa forma el Partido Demócrata regresará a ser el partido de la clase trabajadora.

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