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CRÓNICAS

“Sobre la democracia” – Rodney A. Ríos Rodríguez

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Por: Rodney A. Ríos Rodríguez

Democracy is worth dying for, because it’s the most deeply honorable form of government ever devised by man.” – Ronald Reagan

En nuestros tiempos se ha visto el ascenso de corrientes políticas que la revista británica The Economist ha tildado de “posliberal”. En síntesis, es el resurgir de una vieja idea que pretende que todos los sistemas políticos alternos a la democracia son superiores. Las razones del rechazo a la democracia liberal por parte de esas corrientes varían. Algunas la rechazan bajo la premisa de que la democracia es ineficiente en la adjudicación de recursos y la gesta de gobernanza. Otros alegan que la democracia —junto al capitalismo— destruyen las instituciones sociales en su tendencia hacia igualizar las relaciones sociales. En tiempos monarquistas y aristocráticos, el rechazo a la democracia se basaba en la idea de que el “pueblo” (sea como se defina este) es incapaz de auto gobernarse. Igualmente, en los países fascistas y comunistas, se rechazaba la democracia por diversas razones como algo sobrevalorado; que en todo caso no es ideal a todas las sociedades. Es decir, según esa visión anti universalista la democracia sirve quizás en unas sociedades, pero en otras no. Rechazan la visión universalista tradicional de los proponentes de la democracia a base de relativismo. 

Estos discursos no son nuevos. La apatía a la democracia se veía desde los tiempos de Platón y Aristóteles. Entre los mismos padres fundadores —acertadamente— había desconfianza con relación a una democracia “pura” donde la mayoría mandara por virtud de ser mayoría y existía la preocupación de que estos instituyeran una tiranía de la mayoría. Hoy en día es común escuchar la frase, en relación con EE. UU., “somos una República, no una democracia”. Lo cual en cierto sentido es cierto, pero ignora el hecho de que, aunque es común tener Repúblicas sin democracia, es mucho más raro tener democracias sin un sistema Republicano de gobierno. En todo caso, para todos los propósitos prácticos en el idioma de hoy en día democracia y “Republicanismo” —como lo denominaban los padres fundadores— son sinónimos y el debate anterior de República vs. Democracia es académico excepto como curiosidad histórica. 

No obstante, como ha notado Freedom House y la escritora e historiadora Anne Applebaum, la democracia en estos tiempos va en retroceso. No es de sorprendernos. La democracia es en realidad una excepción a la norma de la conducta humana y sus sistemas políticos. Las dictaduras son mucho más comunes. Es por eso que, entendiendo lo raro que es en la historia humana, se puede ver porqué EE. UU. es excepcional. Es la democracia más antigua en existencia, y aún con sus problemas esa cultura democrática, individualista, empresarial e innovadora perdura. Así las cosas, me parece que encontrándonos en una época donde nuevamente se cuestiona la democracia liberal, aquellos que creemos en la libertad ordenada tenemos el deber de definirla y defenderla. Solo así podemos atender preguntas pertinentes como ¿es la democracia objetivamente superior a otros sistemas?

Entonces, la democracia, sin importar como se organiza o bajo qué sistema político, se puede definir como aquel gobierno donde los ciudadanos tienen la soberanía y la última palabra sobre los asuntos de política pública. Es decir, una democracia tiene una cultura cívica de participación ciudadana en los asuntos públicos. A su vez, para tener un espacio donde pueda existir físicamente la democracia es necesario que haya fronteras y que la ciudadanía sea protegida. Estos son requisitos para la participación política (como nos explica el historiador Víctor Davis Hanson). Dentro de ese espacio físico de fronteras es que la ciudadanía puede participar y ejercer sus libertades con orden y un espacio geográfico común. Igualmente, la democracia se rige por un imperio de la ley, donde los ciudadanos obedecen a diario el orden público. También la democracia consiste en el concepto de gobierno limitado, el cual generalmente se da mediante la separación de poderes y el reconocimiento de que la ciudadanía tiene derechos humanos inviolables protegidos frente al estado. El violar esos derechos por parte del Estado es un agravio; el crear un sistema que no los reconoce y ataca a propósito, es una tiranía. Esos derechos, a su vez, como decía Margaret Thatcher, deben estar inscritos en los corazones y no solo en papel. Es decir, una democracia no solo debe poner constitucionalmente un derecho a libre asociación, sino que la ciudadanía debe respetar, creer y practicar ese derecho. Por ende, para que la libertad de expresión, de prensa, la reparación de agravios, entre otros derechos sea real, es necesario que la ciudadanía crea en ellos y les de legitimidad; de lo contrario tienes una democracia hueca.

Ahora bien, la democracia —por lo menos dentro de la tradición filosófica conservadora a la que me suscribo— no debe ser entendida como un medio para alcanzar algo. Es decir, no es un sistema político que lleva a la utopía, sino que es un fin en sí mismo, un instrumento para resolver las cuestiones y tensiones sociales mediante el debate abierto y el mandato electoral. Es común escuchar en la discusión pública una alabanza extrema al derecho al voto y la voluntad de los electores. Esto suena bien, pero es una realidad que los votos son meramente instrumentos y no varitas mágicas. Que el electorado vote por poner controles de precios a bienes y servicios, por ejemplo, no significa que sea buena idea. En todo caso, eso nos lleva a otro elemento importante del sistema democrático. Aunque es común por parte de totalitarios y posliberales pretender que la democracia solo lleva a división y decadencia social —China, por ejemplo, presenta su sistema totalitario como mejor alternativa— y aunque en la superficie parecería ser cierto que bajo otros sistemas es más fácil tomar decisiones y que no existe tanta división; lo real es que eso es solo ficción superficial. En todas las sociedades existe una diversidad inmensa de pensamientos y visiones. Lo que ocurre es que, en otros sistemas, al no tener mecanismos para permitir cambio político y social de forma pacífica y mediante el debate abierto, los cambios se producen por estallidos de violencia o fervor revolucionario. Esto ocurría con las purgas estalinistas en la antigua Unión Soviética o el arresto en masa de los cubanos protestando contra el régimen Castrista en estos días. La democracia meramente nos permite, teniendo una sociedad libre, el poder expresar esa diversidad abiertamente. 

Por otra parte, una democracia debe tener en su sistema y cultura de respeto por los derechos individuales y humanos, ya que, de carecerlo, entonces las votaciones son meros concursos de popularidad. Adicionalmente, las democracias no pueden ser absolutas ya que eso lleva a ingobernabilidad. Es necesario que haya instituciones políticas intermediarias entre la voluntad electoral y el ejercicio de poder que limiten el fervor democrático y mantengan una protección a minorías o la oposición política. El ejemplo clásico de esto son los tribunales, la ley, la separación de poderes, etc. Libertad no significa que esta sea absoluta. Es por eso que muchos pensadores hablan, como Russell Kirk y John Adams, de libertad ordenada para referirse al sistema Republicano de gobierno. 

Ahora bien, ¿sirve el sistema democrático de libertad ordenada? El nacimiento de nuestra era democrática empieza, más o menos, desde el siglo XVIII. Dentro de ese tiempo se instituyeron institucionalmente las ideas, que evolucionaron lentamente con el paso del tiempo, de gobierno limitado y mercados libres. Como dice Human Progress y ha notado el escritor Jonah Goldberg, tener una sociedad libre que permitiera innovación llevó a la explosión tecnológica y científica que produjo el mundo moderno. La calidad de vida mejoró, la transportación, telecomunicaciones, etc. Igualmente, las ideas occidentales de derechos humanos se regaron por todo el mundo. Por tanto, es seguro decir que la democracia funciona. Funciona mucho mejor que otros sistemas. La democracia constitucional funciona; el capitalismo funciona. Nuestras sociedades, me parece a mí, están en mucha mejor posición que las sociedades tribales y totalitarias —las que explica Ayaan Hirsi Ali que son las alternativas al sistema occidental— de otras partes. Ese sueño de libertad ordenada ha sido inspiración a través de los años. Esa confianza en nuestro sistema nos llevó a derrotar el Nazismo y el Comunismo. En el caso de EE. UU., sin su democracia pierde aquello que lo hace excepcional. Perdería su alma, por ponerlo así.

Por ende, un sistema democrático que respeta derechos individuales y permite la innovación tecnológica y el libre debate de ideas y visiones es objetivamente superior a cualquier otro. Por lo menos me parece preferible a un sistema sin posibilidades de movilidad social, que oprime toda divergencia del estatus quo y recurre a la violencia y espionaje interno para mantenerse, como son el caso de la Rusia de Putin, Cuba y China comunista, la teocracia iraní, el Talibán y todos esos regímenes nefastos. En fin, en nuestro contexto estadounidense debemos recuperar esa autoconfianza en la democracia y reconocer el hecho de que como nación EE. UU. representa una mejor alternativa a las otras posibilidades. Como sistema político, la democracia es moralmente superior a cualquier otro sistema. Que haya problemas al final es secundario, no se puede permitir que lo perfecto sea enemigo de lo bueno. 

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