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CRÓNICAS

“La tormenta que se avecina” – Rodney A. Ríos Rodríguez

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Por: Rodney A. Ríos Rodríguez

“Mantenemos la paz gracias a nuestra fuerza; la debilidad sólo invita a la agresión. Esta estrategia de disuasión no ha cambiado. Sigue funcionando”. -Ronald Reagan, 23 de marzo de 1983.

            Al leer los discursos de Sir Winston Churchill, justo después del ascenso al poder de Adolf Hitler en 1933, uno se percata de la capacidad asombrosa de predicción que poseía el hombre. Churchill hablaba, aun cuando Hitler era un político altamente popular en todo el mundo, de que Alemania bajo los Nazis estaba convirtiéndose en una amenaza para los países libres – que eran pocos en aquellos años – y que se estaba a tiempo, con un poco de disuasión por parte de las democracias, de evitar una nueva guerra mundial. Desafortunadamente, a Churchill se le aisló como un paria de los pasillos del poder y sus predicciones fueron ignoradas hasta que fue demasiado tarde. Años después del peor conflicto armado, en su historia de la Segunda Guerra Mundial, Churchill hablaba de los eventos que llevaron – desde el mismo momento que se firmó el Tratado de Versalles que concluyó la Primera Guerra Mundial – al peor conflicto en la historia de la humanidad. A todo lo ocurrido antes Churchill lo denominó “la tormenta que se avecina”, e insistió que toda esa tragedia se pudo haber evitado con un mínimo de intervención a tiempo cuando los Nazis comenzaron a rearmar a Alemania o violar la soberanía de naciones vecinas como Checoslovaquia.

            La lección de lo que E. H. Carr llamó The Twenty Year Crisis era que las potencias no podían permitir que un régimen barbárico violara la soberanía de aliados o las reglas del orden internacional. Es una realidad que en el mundo geopolítico opera un estado de anarquía que es, como decía Thomas Hobbes, una guerra de todos contra todos. Por ende, mirando el mundo con una dosis de realismo, se hace necesario tratar de establecer ciertas reglas que responsabilizan a las potencias democráticas a defender a los países libres que se ven amenazados por las tiranías. La lección de la Segunda Guerra Mundial, una lección aprendida y olvidada una y otra vez a través de la historia, es que, como dijo el expresidente Ronald Reagan, es solo cuando las fuerzas de las democracias están débiles que los tíranos sienten que están apoderados de usar la fuerza. Esta lección posguerra fue la que llevó a la construcción del sistema internacional liberal después de 1945. Fue en reconocimiento de que es necesario que alguien mantenga el orden – la paz – que Estados Unidos aceptó la hegemonía y un rol de liderato internacional el cual históricamente estaba reacio a aceptar, prefiriendo aislarse dentro de sus propias fronteras y con sus asuntos domésticos. Sin embargo, como ha notado y explicado Jeremy Black en su estudio sobre el legado del Imperio Británico, cuando eres el hegemón todos buscan derribarte; es parte de la naturaleza humana. Es por esa razón que, como nota el general H.R. McMaster en su libro sobre geopolítica, llevamos por lo menos desde el 2014 en un periodo de intensificación de competencia entre potencias; donde Rusia y la República China buscan reemplazar a Estados Unidos como el hegemón y recrear el orden internacional a su imagen. Si alguien piensa que un mundo bajo el autoritarismo ruso y el totalitarismo chino sería mejor, debería recordar que el mundo de sociedades democráticas y derechos civiles es la excepción histórica, no la norma. Un triunfo de aquellas potencias sería un retroceso a la humanidad, no un avance.

En todo caso, nuevamente es necesario advertir que en Asia la tormenta se está acumulando. Desde el ascenso al poder y liderato del Partido Comunista Chino, Xi Jinping lleva lentamente construyendo una China agresiva en el pleno internacional y más totalitaria. Aunque siempre ha sido un régimen nacido en exterminio y opresión – como nos narra Frank Dikötter sobre la conquista comunista de China y las purgas y políticas implementadas por Mao – hoy en día China continúa la opresión de su pueblo a la vez que opera campos de exterminio y esclavitud en la provincia de Xinjiang. En días más recientes China ha incrementado sus amenazas para anexar a Taiwán forzosamente, en atacar nuclearmente a Japón, se niega a presionar a Corea del Norte a operar como un actor internacional más responsable, amenazado a Australia, aumentado su producción y modernización militar – a la vez que aumenta su retorica bélica -; desarrolla tecnología de misiles balísticos que eran inesperados por la comunidad de inteligencia norteamericana y ponen en riesgo las ciudades de Estados Unidos, etc. Todo esto sirve para anunciarnos que estamos ante un reto de seguridad nacional, ideológica y económica. Estamos, ya desde hace un tiempo, ante una Segunda Guerra Fría.

Aún así, cabe preguntarse, ¿Cómo nos afecta eso a nosotros en Occidente? En nuestros tiempos hemos olvidado que muchas veces los regímenes de esta naturaleza no permanecen en sus fronteras. Somos varias generaciones las que hemos nacido y crecido en un mundo que no ha visto conflictos bélicos de naturaleza severa en mucho tiempo. Por tanto, es natural pensar que nada de lo que ocurra en Asia nos afectará acá, o que los mercados internacionales están tan interconectados que a nadie le conviene un conflicto. Igualmente, otros pueden pensar que no provocar a China, o cualquier otro rival, es el curso que debe seguirse de cara al futuro. Todo esto se ha pensado antes en la historia con consecuencias desastrosas. Como dijo una vez el Gen. George C. Marshall luego de concluida la Segunda Guerra Mundial, explicando la falacia de esta lógica, “Desde el nacimiento de nuestra nación hemos intentado promover nuestro amor por la paz mediante una muestra de debilidad. Este camino nos ha fallado por completo”. Esto viniendo de una generación que vivió no una, sino dos guerras mundiales. Como ha notado el historiador militar Victor Davis Hanson, muchas guerras comienzan por una falta de comunicación clara. De que uno u otro actor reconozca cuales son las consecuencias de actuar de cierta forma. La debilidad y ambigüedad – especialmente lidiando contra potencias gobernadas por déspotas ya que entre las democracias rara vez, si alguna, han ocurrido conflictos bélicos entre sí – solo invita a malentendidos que llevan a conflicto. En todo caso, todos los pensamientos de interconectividad y aislación se tenían pre Primera Guerra Mundial. Los cañones como quiera, eventualmente, sonaron. Como igual dijo una vez el Gen. McMaster, hay ocasiones donde una política clara – sí, esto incluye una intervención en ocasiones, como la Primera Guerra del Golfo en 1991 – evita costos mayores de una guerra severa más adelante. Esa lección, con todos sus errores, fue la que guio la política de seguridad nacional americana por décadas. Eso, junto al entendimiento que alianzas con naciones con valores comunes, acuerdos de defensa mutua y foros y canales para que se pudieran comunicarse los rivales entre sí, fue lo que permitió evitar un conflicto caliente con la Unión Soviética, y, eventualmente, derrotarlos sin una bala. Hoy en día los aislacionistas y chauvinistas nacionalistas – no creo que el nacionalismo, salvo que sea etnocéntrico chauvinista, sea un mal – están en ascenso, creyendo falsamente que no habrá consecuencias si se produce el fin del Pax Americana.

A la vez, China y otros ven los problemas en el mundo libre y buscan, naturalmente, aprovecharse. Estamos a tiempo para impedir que se forme la tormenta. Por tal razón, es necesario una política de paz a través de la fuerza y de disuasión. Es alentador ver el acuerdo de submarinos negociado por la administración Biden con Australia, es bueno que Japón esté tomando un rol más proactivo en su defensa y la de sus aliados y que el presidente Biden haya asegurado la defensa de Taiwán. Sin embargo, es poco alentador que la administración Biden propuso reducir la inversión en defensa y lanza señales mixtas con China, alegando que dan la bienvenida a la competencia con China. La política debe ser que estemos tan avanzados como nación que ninguna competencia sea posible, y cualquier acción por parte de nuestros rivales sea disuadida mucho antes de que haya la mínima posibilidad de competir con nosotros. Es necesario un programa de modernización de las fuerzas armadas, principalmente asegurando la superioridad de la marina y de la fuerza aérea. En fin, estamos ante eventos peligrosos. Afortunadamente, la historia sirve de guía para evitar caer en los errores de Neville Chamberlain, quien al regresar de negociar con Hitler en Múnich el 30 de septiembre de 1938, anunció que había – mediante el aplacamiento ante las demandas del tirano – logrado “paz para nuestros tiempos”.

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