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CRÓNICAS

“Era de realineamientos” – Rodney A. Ríos Rodríguez

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Por: Rodney A. Ríos Rodríguez

Sólo hay una forma de estrategia política en la que confío, y es la de intentar hacer lo correcto y, a veces, tener éxito”. -Calvin Coolidge

Dentro de la historia política de Estados Unidos y Puerto Rico, han ocurrido varias eras de radicales cambios políticos en donde el dominio abrumador de un partido decae y comienza una era de cambios en las coaliciones electorales de cada partido. Esto significa que los partidos, aunque siempre mantienen ciertas características generales, cambian y alteran sus posiciones sobre varios asuntos. Por ejemplo, como nos explica la politóloga Frances Lee, así fue el caso de los Jeffersonianos durante un tiempo hasta el surgimiento del Partido Demócrata; los Republicanos después de la Guerra Civil hasta la Gran Depresión; de los Demócratas después de la era de Franklin Roosevelt hasta la década de los 90 donde nació una época de mayorías electorales frágiles donde ambos partidos tienen más o menos el mismo nivel de apoyo electoral. En el caso de Puerto Rico ha sido más común la fragmentación política y la intensa competencia, con excepción de dos periodos de dominio abrumador bajo el Partido Unión de 1904 a 1932 y de parte del Partido Popular Democrático (PPD) de 1940 a 1968. Es irónico que se odia tanto hoy en día el bipartidismo cuando durante los largos años del dominio popular muchos puertorriqueños, incluyendo don Luis Ferré, abogaban por la necesidad y utilidad de un sistema bipartidista donde ambos partidos fiscalizaran al otro y se alternaran en el poder.

En todo caso, esos largos periodos de dominación terminan tarde o temprano. La sociedad cambia, surgen o resurgen corrientes ideológicas en la sociedad. Los eventos influencian los cambios y rumbos de la política; no solo las campañas o las gestas de gobernanza. Así las cosas, la economía y cambios culturales producen resultados sociales que a su vez se reflejan electoralmente. Es decir, los cambios producen oportunidades; de ahí los distintos actores políticos actúan dentro de ese contexto para buscar crear una mayoría, un consenso, duradero. Así hizo en su momento Rafael Martínez Nadal, Franklin D. Roosevelt, Luis Muñoz Marín, Richard Nixon, Carlos Romero Barceló, Ronald Reagan, etc. Es natural, como decía James Madison, la competencia y fragmentación de la sociedad en facciones (o partidos) políticos. Es inútil, por tanto, añorar una sociedad apolítica. Sino que es mejor hacer preguntas difíciles sobre qué planea hacerse con el poder y sobre las políticas públicas que se proponen.

No obstante, vivimos en una época sin mayorías o dominios electorales. En el contexto puertorriqueño el último que logró una mayoría — efímera y desperdiciada cuatro años después — fue el exgobernador Luis Fortuño en el 2008. A nivel nacional, la última elección de victoria arrolladora fue la del expresidente Ronald Reagan en 1984. Adicionalmente el Partido Republicano no ha ganado el voto popular desde el 2004; y el Partido Demócrata no ha tenido victorias amplias desde el 2006 y 2008. En Puerto Rico los dos partidos mayoritarios han ido descendiendo de, en general, un 48% de apoyo cada uno a un 32%. Esos hechos nos demuestran varias cosas: primero, hay un gran sector de la sociedad que ha cambiado en los pasados 20 años. Todo aquel que haya observado las noticias puede fijarse que el movimiento estadista se está fragmentando entre liberales y conservadores a la vez que está en riesgo de perder toda credibilidad de no lograrse ningún avance concreto respecto al estatus. Adicionalmente, el voto flotante ha ido desde el 2008 cambiando constantemente buscando que se atiendan sus agravios. A nivel nacional, estos votantes de las clases “olvidadas” — por usar la expresión de Franklin Roosevelt — se movieron a Obama en el 2008 y 2012, a Trump en el 2016 y a Biden en el 2020. En el caso de Puerto Rico, se movieron a Fortuño en el 2008 (el momento de mayor apoyo en la historia del PNP); Alejandro García Padilla en el 2012; candidaturas independientes en el 2016 y hacia Victoria Ciudadana y el Partido Independentista en el 2020.

¿Qué nos dice todo esto? Ahora mismo estamos en tiempos de política altamente divisiva. No existe, por el momento, un consenso político mayoritario, sino que estamos fragmentados entre las ofertas electorales. Nadie ha podido construir un consenso — “settlement”, como se dice en inglés y la ciencia política — mediante donde gire la política a mediano y largo plazo. Es decir, el consenso creado por Franklin Roosevelt y Ronald Reagan se perdió; y en Puerto Rico el consenso del popularismo de Muñoz Marín igualmente ya es cosa del pasado. Estamos por tanto a la deriva, hasta que algún bando político logre dominar sobre los otros. Lo preocupante de esto en Puerto Rico es el reportaje reciente que plantea que la juventud es cada vez más separatista. Es común decir que esto es normal en los jóvenes; sin embargo, hay tres factores que hacen el fenómeno distinto a otras épocas. 1) Estas generaciones han sido bombardeadas por propaganda antiamericana y separatista por 30 años, el decirle constantemente a un pueblo que no es libre y que es inferior y sufre de opresión “colonial” — inexistente salvo en el territorialismo típico de la historia norteamericana — tiene un efecto cultural y, por ende, electoral eventualmente. 2) Estas nuevas generaciones nunca han visto a Puerto Rico sin depresión económica y con política bipartidista funcional. No han visto a un Puerto Rico progresando. Por ende, ignorando la ley histórica de que todo siempre puede estar peor, no sienten nada que perder con el separatismo. Tampoco les hacen eco las menciones del socialismo fracasado en Cuba o Venezuela, sin hablar de todos los otros, ya que piensan que eso son solo miedos infundados e irracionales de las generaciones anteriores. 3) El efecto de lo anterior es, simplemente, lo que vimos en las elecciones pasadas. El bipartidismo decayó fuertemente, y parecería que las fuerzas separatistas van en ascenso basándonos en los resultados del PIP y MVC. Preocupante para el conservadurismo y los estadistas en general.

Los resultados electorales pasados nos demuestran que es urgente atender los reclamos sociales, políticos y económicos de la ciudadanía. Una población que no siente que es parte de la gobernanza, que no tiene nada que perder, es un pueblo irracional. Se llevan años prometiendo cosas que no ocurren y a la vez nada parece mejorar. Todas las instituciones políticas y económicas en Puerto Rico parecen estar desprestigiadas. Si no se anda prudentemente, el movimiento estadista puede, mediante la fragmentación electoral o la ineptitud crónica, perder la oportunidad de crear un consenso político nuevo y abrir la puerta – como ocurrió en 1940 con el autonomismo – a que el separatismo construya el futuro consenso. Una de las grandes ironías de la historia boricua es que se ve a sí misma desde un punto de vista insularista, pero todas sus corrientes culturales y políticas – con el elemento adicional del estatus – siguen, por lo general, las corrientes de Estados Unidos continental. En el continente, las guerras culturales comenzaron en los noventa, aunque tienen sus raíces en los años 60, y han ido consumiendo toda la sociedad. En Puerto Rico las guerras culturales han llegado; por eso se está produciendo la fragmentación del bipartidismo tradicional y el realineamiento (como demuestra la guerra entre estadistas conservadores y liberales y la discusión sobre Proyecto Dignidad y MVC como potenciales nuevos partidos mayoritarios).

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