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CRÓNICAS

“La época de la pos-verdad” – Rodney A. Ríos Rodríguez

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Por: Rodney A. Ríos Rodríguez

Si se ve a través de todo, entonces todo es transparente. Pero un mundo totalmente transparente es un mundo invisible. Ver a través de todas las cosas resulta lo mismo que no ver”. -C.S. Lewis, La Abolición del Hombre

En años recientes existe una creciente fragmentación ideológica y política dentro de las políticas de los países occidentales. Esto a su vez ha conllevado una polarización social, donde las coaliciones partidistas de antaño han ido fragmentándose. Naturalmente, la política es solo un reflejo de fuerzas sociales, por lo que las raíces de la presente era de extremos y absurdos se encuentran más allá de un mero líder o nuevo partido político. Así las cosas, creo que las raíces de la polarización y fragmentación en tribus de las sociedades occidentales, lo que el escritor y analista Jonah Goldberg ha denominado el “Suicidio de Occidente”, tiene unas raíces profundas en la historia.

            El dominio de las sociedades consensuales y pluralistas del siglo XXI es una anomalía histórica. Los pasados trescientos años de sociedades liberales y democráticas son, en el esquema de la historia humana, solo un segundo en el reloj. Estas sociedades tienen como base la idea de libertad ordenada, es decir, libertad basada en un imperio de la ley, elecciones libres, libertad de prensa, expresión, gobierno limitado, etc. Es un gran logro, difícil de preservar. Como dijo una vez Benjamín Franklin al salir de la Convención Constituyente en Filadelfia, cuando se le preguntó qué tipo de gobierno habría de presentársele al pueblo, Franklin contestó “una República, si pueden mantenerla”. Con el pasar de los años, durante el siglo XIX, nació el Marxismo. Esta ideología, sencillamente, partía de la idea de que todas las ideologías y narrativas sociales y culturales eran meramente una “superestructura” – una imagen artificial, por ponerlo así – mediante la cual las clases dominantes usaban trivialidades (como la religión, el arte, las elecciones, etc.) para mantener su dominio sobre las clases oprimidas, específicamente los trabajadores. Esta visión veía las desigualdades del mundo como el producto del capital o las estructuras que erigieron las clases dominantes para mantener sus posiciones de privilegio. Por tanto, la única forma de terminar con la opresión era, sencillamente, bajo la revolución de la clase trabajadora y el derrocamiento de las cosas establecidas para después de eliminar las estructuras opresivas mediante la dictadura del proletariado poder instaurar la utopía y comenzar la verdadera historia humana en total equidad de todas las personas. Eso es el marxismo, una teoría de una gran narrativa que busca deconstruir todo y llama a impresionantes sacrificios para poder lograr un nuevo mundo en libertad y equidad.

            Esa idea, bonita como suena, a través del siglo XX solo trajo miseria y tiranía al mundo. Es peligroso creerse que el fin justifica los medios. El escritor norirlandés C.S. Lewis una vez comentó que lo peor que se puede hacer en este mundo es poner un objetivo en mente y dejar a un lado todas las cuestiones morales para lograrlo; es así como se forma un monstruo. En todo caso, esta idea de deconstrucción entró al mundo con Karl Marx y ha sido una doctrina difícil de expulsar. Luego de la década de los 1960, ocurrió que el marxismo evolucionó como una fuerza poderosa en algunas de las corrientes de la contracultura. Al ocurrir eso, y eventualmente desprestigiándose el comunismo mientras se conocía la realidad de la Unión Soviética, llegaron un grupo de intelectuales de la nueva izquierda – quizás el más prominente es Michel Foucault – que desarrollaron la idea de superestructuras de opresión en todos lados criticando y negando la idea misma de que existiera una verdad o algún sentido en la historia. Es decir, este grupo no solo veía estructuras de poder y opresión en todos lados, concurría con el Marxismo que era todo una mentira para oprimir a las clases marginadas, sino que entendía que la única verdad era que no había verdades. Que todo, en otras palabras, era relativo y dependiendo de quien controlara el poder. Es ahí que nace el posmodernismo. Una ideología que aceptaba el método de análisis marxista, pero sin sus pretensiones mesiánicas de ser la verdad.

            Con el tiempo, ese posmodernismo fue matizándose en una ideología que veía más y más estructuras de opresión, viendo la libertad como el deshacerse de todo lo que fuera tradicional. Por tanto, es durante los ochenta y noventa que van formándose los estudios críticos, aquellos que buscaban entender las disciplinas de las humanidades y las ciencias sociales mediante el prisma de la deconstrucción. Al no existir verdades, nada es seguro; al todo ser estructuras de opresión, la totalidad de la historia es una mentira. No hay héroes, no hay villanos; no hay verdades, todo son distintas narrativas en servicio del poder para oprimir a distintos grupos marginados. Como una vez explicó el sociólogo y filosofo Thomas Sowell, resumiendo la visión marxista/posmoderna de porque hay que deconstruir la sociedad y las instituciones, “Gran parte de la intelligentsia moderna considera que el hombre ha nacido igual, pero que se ha vuelto misteriosamente desigual en todas partes”. Por ende, el posmodernismo ve la deconstrucción de ideologías, estructuras y narrativas como una forma de restaurar esa igualdad primitiva perdida. Es la aplicación de ese método de análisis marxista, mezclado con su materialismo y relativismo, a los campos de la cultura y la educación lo que se denomina como “marxismo cultural”. Es un ataque a la cultura occidental basada en supuestos marxistas; dicho de otra forma, es marxismo sin la idea de misión histórica. Es deconstruir por deconstruir.

            Esas ideas lograron propagarse en la generación de estudiantes de los sesenta. Con el paso del tiempo, estos, académicos lograron el dominio de la educación. Mediante la educación propagaron sus ideas (se puede ver la forma resumida en cualquier video de Noam Chomsky), y, como dijo Richard Weaver, las ideas tienen consecuencias. Al dejar de existir una verdad, ni la posibilidad de descubrirla empírica y objetivamente, todo se convierte en un asunto de mi percepción y/o mi voluntad hace la realidad. Una perfecta receta para la desintegración de la cohesión social en tribus. Es ahí el nacimiento de lo que The Economist llamó la política pos-verdad. Eso a su vez, mezclado con eventos históricos y políticos, lleva a mayor polarización y a la radicalización de los partidos políticos; las guerras culturales de las que tanto escuchamos. Es en parte por las guerras culturales, y en parte por la propia ineptocracia, egoísmo y enajenación de nuestras élites – por ejemplo, guerras inútiles, no todas, en el Medio Oriente; desindustrialización; una casta de intereses económicos sin ninguna lealtad a su patria que prefieren a China que al mundo libre; un ataque a todo lo establecido e incluso a la legitimidad misma de las naciones-estados occidentales; etc. – las razones por las cuales las coaliciones variadas y pluralistas de los partidos tradicionales y mayoritarios se han perdido. Antes había demócratas pro-vida, ya cada vez menos. Antes había republicanos a favor de la salud universal, ya cada vez menos.

Es decir, el tiempo de política centrista y partidos pluralistas ha terminado. En Puerto Rico, por su parte, el efecto del posmodernismo se ha mezclado con el colapso institucional y la desgobernanza de los partidos tradicionales. Generaciones enteras se les ha enseñado a avergonzarse de la historia puertorriqueña, a ver su unión permanente con Estados Unidos como opresión colonial; a los héroes de su historia como falsos profetas, solo admirables los independentistas. A la medida que la estadidad se ha tardado, primero por la oposición mayoritaria entre los puertorriqueños y después por la ineptitud del PNP, se ha ido alimentando la polarización entre los estadistas. En tiempos recientes, la guerra cultural va tomando fuerza en las filas del federalismo estadista boricua. Esa polarización es ya entre el ala conservadora y liberal del PNP, alimentado por una variedad de nuevas figuras públicas. Por tanto, el PNP se comienza a fragmentar. En una era de creciente polarización, un partido de centro y basado en coaliciones le será difícil sobrevivir. Entran ahí los partidos emergentes. Algunos, sin duda, celebrarán la decadencia del Partido Nuevo Progresista. Sin embargo, no creo que esta sea inevitable. Hay tres posibles alternativas: 1) Crear un nuevo partido estadista, lo cual sería como comenzar desde cero la lucha por la estadidad en el escenario criollo; 2) hacer varios partidos estadistas, uno conservador y otro liberal, lo cual nos permitiría lanzarnos en guerras culturales fratricidas que permitirán al independentismo seguir tomando fuerza entre la juventud; o, 3) (digamos la más deseable) emular a movimientos de los partidos nacionales (el movimiento Reagan en el Partido Republicano, por ejemplo) y llevar una renovación del PNP. Lamentablemente, me parece que vamos en camino a la segunda alternativa.

Por último, queda pendiente la cuestión de como atender la enfermedad cultural – ese cáncer que está consumiendo la Civilización Occidental – del marxismo cultural. Primero se debe estar consciente de una cosa, no todo cambio es para mal; no todo cambio es, ipso facto, marxismo cultural o posmodernismo. Hay mucho del siglo XXI por lo cual debemos estar agradecidos. El libre movimiento, el fácil acceso a la información, el hecho de que personas LGBT puedan amar más libremente, las comunicaciones instantáneas, son solo algunas de esas cosas. No obstante, existe en la cultura moderna un espíritu perverso de nihilismo y relativismo que busca destruir la totalidad de las sociedades libres, basándose en el mero hecho de que su crimen es no haber sido perfectas desde el inicio. Por otro lado, existe con el partidismo exagerado una obsesión de cada nicho ideológico construir su propia verdad sobre cualquier asunto. Véase la situación de las vacunas, la mentira de que a Trump le robaron las elecciones, la creencia que toda la existencia humana es meramente un constructo social para la opresión racial o lo que fuese. Estamos en una era de mentiras y ridiculeces. ¿Cómo, entonces, se derrota el posmodernismo?

Comparto las palabras del disidente soviético, Aleksandr Solzhenitsyn – quien vivió también un régimen y época de mentiras: “Puedes decidirte a vivir tu vida con integridad. Aspira a que tu credo sea este: Deja que la mentira venga al mundo, deja que incluso triunfe. Pero no a través de mí”. Ese es el primer paso, busquemos y recuperemos la idea de que existen hechos, una verdad no susceptible a relatividad. Naturalmente, debemos como sociedad practicar la búsqueda de la verdad con humildad. La verdad existe, pero no siempre estamos en el bando que la tiene; debemos aceptar la posibilidad de que estemos equivocados y mantener la mente abierta. Debemos también practicar la virtud del agradecimiento, vivimos en un experimento democrático, de libertad ordenada, frágil que evolucionó a través del tiempo. Debajo de nuestras instituciones – sociales, económicas, culturales y políticas – no se encuentra el noble salvaje, se encuentra el caos. No busquemos deconstruir porque sí. Busquemos mejorar nuestro entorno, ver nuestra sociedad como un organismo y como algo a mejorar mediante el aprecio, no el rechazo. Igualmente debemos reconocer que no somos unos entes aislados que construimos nuestra propia realidad a nuestro antojo, vivimos en el mundo (con realidades científicas), vivimos en comunidad y en sociedad. Eso, nos guste o no, implica derechos y deberes; implica también un legado histórico que heredamos, como exponía el filósofo y político angloirlandés Edmund Burke, de la comunidad de almas entre pasado, presente y futuro. En fin, para derrotar el posmodernismo se comienza entendiendo que el mundo es imperfecto, practicando la humildad para reconocer nuestros errores y buscando la verdad.

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