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CRÓNICAS

“El asunto Biden” – Rodney A. Ríos Rodríguez

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Por: Rodney A. Ríos Rodríguez

Existe un proverbio griego que dice que “nada es nuevo, solo olvidado”. A lo cual se le puede añadir que muchas cosas que se olvidan no debieron ser olvidadas. Hace un tiempo, el presidente Joseph R. Biden dio su primer mensaje ante el Congreso, bajo circunstancias particulares producto de la pandemia del COVID-19.

En ese mensaje, el presidente Biden se destacó por promesas casi incontables que conllevarían un aumento drástico del gasto público y la deuda nacional; en tiempos donde la deuda federal alcanzó superar el Producto Interno Bruto de la nación por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial. Adicionalmente, el presidente busca revivir el movimiento sindical mediante legislación, federalizar las elecciones, aumentar los impuestos corporativos, etc. En pocas palabras, el presidente Biden ha pasado de aspirar a un retorno a la normalidad — su principal promesa de campaña — a aspirar a ser el presidente más transformativo desde Franklin D. Roosevelt o Lyndon B. Johnson.

Entre los comentarios del presidente Biden, se destacó la alegación de que “trickle down economics never works”. Esto es una crítica al sistema de empresa privada y a la política pública de que, manteniendo tazas contributivas bajas, aumenta el crecimiento económico y esto conlleva más dinero al fisco; alegando que es una falacia que solo beneficia a la clase rica. El economista, filósofo y sociólogo Thomas Sowell en varias ocasiones ha expuesto que la teoría de “trickle down” nunca ha sido expuesta como teoría económica por nadie serio intelectualmente. Es, meramente, un ataque intelectual vago a las ideas monetarias llevadas a cabo durante las administraciones, exitosas, de Warren G. Harding, Calvin Coolidge y Ronald Reagan.

Por otro lado, un análisis histórico de ese reclamo nos deja ver algo. Durante 130 años Estados Unidos tuvo varias recesiones económicas donde el gobierno federal no hizo nada para “activar” la economía y esta mejoró. La primera crisis severa de depresión económica fue la Gran Depresión de 1930, la cual curiosamente es la misma donde por primera vez el gobierno federal interviene excesivamente en la actividad económica. Esto ocurrió primero mediante los aumentos contributivos, y adicionalmente con el aumento de aranceles comerciales mediante la ley Smoot-Hawley del presidente Herbert Hoover. Posteriormente, el presidente Franklin Roosevelt continuó las políticas de Hoover y decidió aumentar más aún los impuestos y crear una agencia gubernamental para cada problema, real o ficticio. Ante esas iniciativas, el desempleo aún en los momentos más populares del Nuevo Trato nunca bajó de doble dígitos. ¿Qué logró toda esta intervención gubernamental? Poco, si algo. La Gran Depresión no terminó hasta la Segunda Guerra Mundial.

Ahora bien, en nuestros tiempos no hay una depresión económica de esa magnitud. Sumado a esto, el presidente Biden ganó la presidencia por un total de 42,921 votos en los estados claves; los demócratas perdieron sillas en la Cámara de Representantes y ganaron el Senado por apenas una silla. Ante ese mandato tibio, queda uno confundido pensando de dónde sacó el presidente Biden su supuesto mandato para cambiar radicalmente la nación. Quizás si el presidente hubiese ganado con márgenes como Lyndon Johnson en 1964 o hasta Richard Nixon en 1972, sería entendible su cruzada. Pero no, los demócratas ganaron el poder más como un rechazo a la persona de Donald Trump que un rechazo a todas las políticas de este.

En el curso de cien días el presidente Biden ha sufrido de una crisis en la frontera; coqueteado con aumentar el número de jueces en la Corte Suprema; ha cancelado el oleoducto Keystone XL con toda la pérdida de empleos que eso conlleva; busca aumentar las tazas contributivas; intenta revivir el acuerdo nuclear con la República Islamista de Irán y busca aumentar el gasto público excesivamente. Todo esto es una mala forma de restaurar la normalidad y combatir la demagogia Trumpista.  El problema de todo este gasto quizás no sea a corto plazo, pero como bien sabemos los puertorriqueños gastar basado en déficits y deuda pública implica que eventualmente el dinero se acaba y alguien paga las consecuencias. ¿Cuáles podrían ser estas? Que se afecte la supremacía del dólar como moneda internacional; o que regrese un viejo enemigo, no visto desde los años setenta, la híper inflación. Estas son algunas posibilidades.

En el lado positivo, el presidente Biden ha hecho un excelente trabajo en vacunación, seriedad en la gestión pública y por lo menos ha logrado a que se deje atrás, en parte, la pesadilla Trumpista. No es sorpresa, por tanto, que el presidente Biden ha podido mantener cierto nivel de aprobación alto, por ahora. Pero habrá que ver como mantiene esa aprobación si continúa yendo hacia la izquierda – con todas las consecuencias sociales, políticas y económicas que esto implica – durante su mandato. En fin, aunque no todas las propuestas del presidente Biden necesariamente son malas, hay bastante en su agenda que es altamente indeseable. Parece que una de las lecciones olvidadas en nuestros tiempos es aquella dada por Ronald Reagan ante el fracaso de la pasada era de gigantismo e intervencionismo gubernamental, “el gobierno no es la solución a nuestros problemas; el gobierno es el problema”. Quizás el tiempo la volverá a enseñar.

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