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CRÓNICAS

“El comienzo del fin” – Rodney A. Ríos Rodríguez

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Por: Rodney A. Ríos Rodríguez

El historiador puertorriqueño Antonio Quiñones Calderón, una vez bautizó el debate del estatus de Puerto Rico la “interminable danza macabra”. Por más de un siglo, se ha debatido en Puerto Rico sobre la independencia, la autonomía (sea esta colonial o no), la estadidad, el significado de la ciudadanía, la americanización, el idioma, una constitución puertorriqueña, etc. El tiempo que ha tardado este asunto en resolverse es asombroso. Para ubicarlo en tiempo y espacio, cuando Puerto Rico fue anexado en 1898 existían el Imperio Británico, francés, alemán; el mundo era aristocrático y las democracias en el mundo se podían contar con la mano. Cuando a los puertorriqueños se le extendió la ciudadanía americana, la Unión Soviética estaba recién nacida; y cuando se crea el ELA, la Guerra Fría estaba en sus comienzos. No solo eso, el mundo pasó por la globalización, la Guerra contra el Terror, la Gran Recesión de 2008, las revueltas populistas de 2016 y recientemente una pandemia mundial; y ante todos estos acontecimientos, el estatus de Puerto Rico sigue sin resolverse. Es decir, el problema del estatus de Puerto Rico es más antiguo que la nación-estado de Israel, y ha tenido una vida más larga que la Rusia Soviética. Que un problema haya durado tanto, debería dejarnos atónitos. Es como si Puerto Rico quedó, en cierto modo, en un purgatorio histórico.

O por lo menos, eso parecería desde una mirada superficial. Pero, ojo, hay señales que algo ocurre. Desde el plebiscito de 2012, por ejemplo, el consentimiento al Estado Libre Asociado quedó nulo. No obstante, el deseo de unión permanente entre los puertorriqueños sigue válido y legítimo, ya que un porcentaje considerable del electorado favorece aún el ELA, y la mayoría apoya la estadidad. Estos cambios se vieron por primera vez en el plebiscito de 2012, el dominio de la estadidad quedó en duda en el plebiscito del 2017 y se estableció claramente en el plebiscito de 2020. Como he mencionado antes, el plebiscito de 2020 es el más importante de todos, ya que, con alta participación electoral, ausencia de boicots y claridad de la pregunta, sirve como una espada para romper el nudo gordiano del estatus de Puerto Rico. En otras palabras, sirve como un punto de partida para resolver el asunto.

Para parafrasear a Winston Churchill, aquel plebiscito no fue el final. Ni siquiera fue el principio del final, pero sí fue el fin del principio. ¿Por qué? Porque ha convertido el tema de estatus en un debate en los Estados Unidos continentales. En la carta de los profesores constitucionalistas antes de las vistas congresionales de estatus de la semana pasada, se vio claro que ya hay un consenso que para Puerto Rico solo hay dos opciones: estadidad o independencia. No más, no menos. En esas vistas se vio, además de las excelentes ponencias y representación de parte de los estadistas, la falta de consideración al estadolibrismo tradicional. Ya que pocas preguntas, si alguna, le hicieron al presidente de la Cámara de Representantes de Puerto Rico.

Por otro lado, el apoyo académico e institucional que ha logrado el movimiento estadista demuestra un excelente contraataque político e intelectual a la posición separatista. Esto, sumado a la insistencia —correcta y apropiada — del gobernador Pierluisi a mantener la elección de delegados congresionales, son grandes logros para el movimiento. Es de esperar, que una vez hayan delegados (o cabilderos, como despectivamente trata de presentarlos la prensa) electos, estos se sumen a dar un apoyo fuerte y adicional a la labor de la Comisionada Residente y las organizaciones estadistas continentales. Todos estos indicios, incluido el apoyo del líder de la mayoría en la Cámara de Representantes federal Steny Hoyer, son altamente positivos.

Aunque es posible que la obstrucción de los separatistas-estadolibristas — mediante su gran aliada, al Rep. Nydia Velázquez — logre detener la consecución de la estadidad por ahora, no se deben perder de vista varias cosas. 1) El pueblo de Puerto Rico no desea la separación; 2) Existe un voto a favor de la estadidad; 3) EE. UU., con todos sus fallos, es una democracia que siempre logra mejorarse, crecer y acatar la voluntad del pueblo; 4) nunca ha habido una comunidad política compuesta de ciudadanos americanos que se separe de la Nación, ni un territorio que pida admisión a la unión que le sea denegada. Sumado todo esto a la creciente opinión pública de que es tiempo de solucionar el asunto, y el rechazo al ELA, se convierte en cuestión de cuando — no en algo suspensivo de si ocurrirá o no — llegará la estadidad a Puerto Rico. Todo el peso histórico, constitucional y político está a favor de la estadidad para Puerto Rico, eventualmente. Puede que le falte todavía, pero viene. Como dijo el poeta Mario Benedetti: “lento, pero viene. El futuro se acerca”. Y, aunque habrá nuevos problemas y retos después de la estadidad, al fin podrá comenzar una historia más positiva para Puerto Rico.

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