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CRÓNICAS

“La hidra” – Rodney A. Ríos Rodríguez

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Por: Rodney A. Ríos Rodríguez

Aunque en abstracto el problema del estatus de Puerto Rico parecería ser de fácil solución, en la práctica hay pocas cosas más complicadas. El único momento en la historia de Puerto Rico donde quizás había consenso casi abrumadoramente mayoritario para una alternativa fue a principios de la anexión en el siglo veinte. Esto es porque la mayoría de los partidos y el liderato político apoyaba la estadidad. Desafortunadamente entre los problemas de racismo que sufría la nación en aquella época – además de la lenta reprehensión que fue desarrollándose por mucha de la élite política de esa época respecto a la estadidad al ver el ascenso de la clase media y trabajadora (véase José Luis González, El país de los cuatro pisos) – ya para 1920 ese consenso se había desvanecido. Este consenso abrumador fue reemplazado por un movimiento independentista y un reavivado autonomismo, y de esa forma, el estatus logró su esquema trinitario con todas las complejidades internas de esos movimientos.

Dentro de esa panoplia, solo se desprende un hecho mayoritario y reflejado una y otra vez en la historia de Puerto Rico. Que Puerto Rico es, como mínimo, unionista. Es decir, dentro de la sociedad puertorriqueña el único consenso abrumador es su rechazo a la independencia y su devoción a conservar la unión permanente y la ciudadanía americana. Pero aún dentro del unionismo hay dos grandes campos en guerra ideológica entre sí. El autonomismo (o estadolibrismo) y el federalismo (o estadidad). Durante la mayor parte de la historia de Puerto Rico, estos han sido los dos bandos que han estado en lucha casi total, con la diferencia que el autonomismo se nutre del separatismo en la medida en que le ayuda neutralizar el federalismo.

El resultado de todo esto es que no hay un consenso mayoritario sobre qué debe hacerse respecto al estatus. Solo sabiéndose que Puerto Rico apoya la unión permanente y la ciudadanía, el resto es todo debatido arduamente y resumido con clichés vacíos o ataques personalistas superficiales. Esto es a su vez, en el fondo, un conflicto de visiones sobre qué es y debe ser Puerto Rico. Es decir, un conflicto ideológico y cultural para el cual no hay fácil solución. A la vez, aunque el federalismo ha logrado con el paso lento de los años, hacerse la opción mayoritaria de estatus, no es abrumadoramente dominante como para poder derrotar totalmente a los otros bandos. Es decir, hay dos bandos generalmente hablando, el estadolibrismo-separatista y el estadoísmo-federalista, ambos casi equiparados en fuerzas, imposibilitados de destruir uno al otro.

Normalmente, conflictos culturales de esa naturaleza terminan cuando un bando logra derrotar al otro permanentemente. A modo de analogía, cuando hay guerras entre potencias hasta que no se resuelve el asunto cultural o visión de fondo, ese estado de guerra no termina permanentemente. Por ejemplo, Alemania y Francia tuvieron entre 1870 a 1945 tres conflictos, pero desde 1945 ni uno. ¿La razón? Eventualmente el bando de los Aliados, del cual Francia se aprovechó, derrotó de forma total, psicológica, política y militarmente a Alemania. El asunto de fondo fue resuelto definitivamente. Eso, en términos mucho más moderados y —afortunadamente— civilizados es lo que ocurre en el conflicto del estatus. Ningún bando puede derrotar al otro y solo ocurren treguas efímeras de vez en cuando donde el estatus es relegado a un segundo plano.

Ahora bien, antes yo pensaba que esto significa que el estatus de la isla era un laberinto. La tarea simplemente era buscar y perseverar hasta salir de este. De esa forma, el plebiscito estadidad sí o no convenía ya que implicaba que podía servir para descartar una de las opciones de estatus o saber, por fin, si la estadidad tenía suficiente apoyo. Serviría de esa forma para dejar atrás los interminables debates y comisiones, el inagotable catálogo de opciones de estatus irreales (independencia con doble ciudadanía, ELA “mejorado” con más poderes que un Estado de la unión, la reunificación con España, etc.) y saber, similar al Brexit, de forma definitiva a donde debería dirigirse el derrotero histórico de Puerto Rico. Al ganar el Sí, por un momento ilusorio parecía ser que el estatus comenzaba a desvanecer como la eterna pesadilla de los puertorriqueños.

Sin embargo, el estatus no es un laberinto. El estatus es como el monstruo mitológico griego, la hidra. Por cada cabeza que le cortas, dos más salen en su lugar. En vez del Sí aclarar el asunto, el estatus, como la monstruosa hidra, se levantó y sacó dos nuevas cabezas. Las Reps. Nydia Velásquez y Alexandra Ocasio-Cortez vinieron al rescate del monstruo, alegando que no había consenso e introduciendo la idea de una Convención de Estatus, último refugio del estadolibrismo-separatista en su eterna lucha para obstruir la igualdad de Puerto Rico. A esa gesta se une mucho del “establishment” de Puerto Rico y organizaciones de la diáspora. Una lucha que sería muchísimo más fácil con apoyo de la diáspora, simplemente se convierte en otro balón político a nivel nacional entre progresistas, liberales, y republicanos. Cada vez que el estatus parece resolverse de una forma u otra, o acercarse a una solución, la hidra saca otra cabeza. En el plebiscito de 1967 Luis Muñoz Marín al ver el triunfo arrollador del ELA dijo que la discusión del estatus había terminado, estaba muy equivocado; como lo han estado generaciones de puertorriqueños. El Reino Unido se encontró después del Brexit en una situación similar de limbo e inercia, requirió la valentía del Primer Ministro Johnson para terminar el asunto y derrotar los obstáculos. Falta por ver si tendrá Puerto Rico y la estadidad a su Boris Johnson.

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