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CRÓNICAS

“Donald John Trump” – Rodney A. Ríos Rodríguez

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Por: Rodney A. Ríos Rodríguez

El periodo de 2016-2020 fue un periodo convulso y de cambio. Sin duda, la figura que más dominó los pasados años fue el presidente Donald Trump. Desde que bajó las escaleras de su hogar para anunciar su candidatura, el pronto expresidente Trump ha dominado la mayor parte de la discusión pública mundial. En parte, se debe reconocer que su administración tuvo éxitos. Ejemplo de ello son el dominio de la judicatura por originalistas jurídicos; la modernización de las fuerzas armadas; una política exterior más realista con intervencionismo pragmático — como la contención de Irán, el enfrentamiento con China o los acuerdos de paz en el Medio Oriente.

Sin embargo, las naciones tienen alma. Tienen necesidades, por ponerlo así, espirituales. Una nación generalmente tiene una idea de sí misma, una idea a la cual aspira y busca preservar. En el caso de los Estados Unidos de América, esa idea ha sido la aspiración a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad. A pesar de esa aspiración, la Gran República; como la llamó Winston Churchill, ha estado en crisis espiritual por mucho tiempo. Ante esa crisis es que adviene el populismo Trumpista. No es una ideología en sí, su carácter definitorio son solo los ánimos y sentimientos de Trump. Aun así, es necesario dejar claro que muchas de las personas que apoyaron a Trump eran personas repletas de agravios y ansiedades que fueron ignoradas por décadas por parte de la clase política. Muchos de sus electores fluctuaban entre presidentes, buscando que se atendiera la pérdida de empleos, la crisis migratoria, guerras interminables, y que se contrarrestara el antiamericanismo cultural. Muchos sentían — y sienten — que era necesario detener el declive. Trump, desafortunadamente, usa esos agravios legítimos para alimentar sus propios intereses y desarrollar ataques mismos a la legitimidad de la democracia. Trump crea mediante su propaganda una realidad alterna que alimenta las ansiedades y agravios de muchos electores. A la vez, Trump se presenta a ellos como una figura mesiánica, un padre que los cuida y protege contra los “bárbaros”. Adicionalmente, Trump invita a sus seguidores constantemente a rechazar cualquier otra posibilidad, Trump únicamente es quien define qué es verdad o no.

El Trumpismo a medida que es una “ideología”, ha sustituido al conservadurismo dentro del Partido Republicano (GOP). Mario Vargas Llosa explicaba que una cualidad definitoria del liberalismo clásico — y el conservadurismo por su parte — es que consideran la posibilidad de que están equivocados. Es decir, son filosofías falsables, no son dogmas de verdad absoluta. Pero, a medida que la religión decaía en el mundo occidental, ese vacío divino que se sentía en la sociedad se fue llenando con la política. El Estado, para muchos, reemplazó a Dios. Las dos ideologías más exitosas en ese reemplazo fueron el Fascismo y el Comunismo, ideologías que buscaban acaparar toda la existencia humana dentro de lo político y el Estado. Por tanto, ambas se pueden describir como Totalitarismos. Esas “ideologías” se caracterizan por no ser falsables. No importa cuanta prueba se presente en contra de una suposición de estas, en su interpretación los hechos se moldean alrededor de la ideología. En EE. UU., curiosamente, ha nacido una versión atenuada del totalitarismo: el Trumpismo.

El Trumpismo tiene credo y líder (Trump), todo lo que se oponga o diverja de Trump es odiado, atacado y despreciado. Republicano que no apoye cualquier posición del presidente, es un traidor. Cualquier alegación de Trump es tratada como verdad absoluta, la mínima disensión tiene que ser destruida. Por otro lado, los hechos mismos son ignorados y se usan “hechos alternativos”. Como cuando el ego frágil de Trump no podía aceptar, ni siquiera, que perdió el voto popular en 2016. Siendo Trump una ideología no falsable, no hay forma de refutarla. Si presentas pruebas que no satisfagan la idea preconcebida, esta prueba es simplemente “noticias falsas”. Estas actitudes son más propias de un culto que un movimiento político. En todo caso, siendo un tipo de “revolución cultural”, cumple con las características de toda revolución fracasada o totalitaria: La obsesión por la pureza, la persecución de traidores, la paranoia de ver enemigos en todas partes. Un ejemplo de esto es que en círculos Trumpistas solo existe una presunción de culpabilidad en cuanto a Demócratas. Este espíritu de división, paranoia y ataque constante a las instituciones tiene una definición: demagogia. Pensando en demagogos, afortunadamente, los padres fundadores diseñaron la República Americana. Vieron a Trump venir doscientos años antes de su llegada.

En fin, Trump ahora es el GOP y su líder absoluto. Ha creado unas realidades alternas, muy similares a los discursos de propaganda de regímenes totalitarios. Un movimiento de turbas al que debería, como en otros tiempos hizo noblemente, resistirse el conservadurismo. Trump es la culminación de esa civilización del espectáculo de la que hablaba Vargas Llosa. Trump es la encarnación de la demagogia y la política “pos-verdad”, o política basada en mentiras. Sin embargo, para luchar contra la pos-verdad se puede empezar individualmente. Como explicó el disidente soviético, Aleksandr Solzhenitsin después de haber vivido bajo el dominio de la propaganda y mentiras del totalitarismo comunista: “Puedes decidirte a vivir tu vida con integridad. Permite que tu credo sea este: Deja que la mentira venga al mundo, quizás hasta que triunfe. Pero no a través de mí”. Quizás de esta forma se puede comenzar a derrotar la pos-verdad.

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