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CRÓNICAS

“Las transiciones y el espíritu democrático” – Rodney A. Ríos Rodríguez

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Por: Rodney A. Ríos Rodríguez

Most tyrannies have been possible because men moved too late. It is often essential to resist a tyranny before it exists. It is no answer to say, with a distant optimism, that the scheme is only in the air. -G. K. Chesterton.

Las elecciones presidenciales y locales han planteado situaciones interesantes. Primero, fueron unas elecciones pandémicas; segundo, hubo resultados históricos en contiendas cerradas pero diversas en sus resultados; y tercero, ocurrió la derrota de un presidente en su intento de reelección. Un cuarto elemento es sumamente preocupante; después de las votaciones, estas elecciones se han caracterizado por una actitud masiva de inmadurez política, demagogia y populismo por parte de muchos de los derrotados tanto en Puerto Rico como en Estados Unidos.

En A Patriot’s History of the United States, Larry Schweikart y Michael Allen narran lo que fue la derrota del presidente John Adams en su intento de reelección. Por primera vez en la historia de la República Americana — y por primera vez por lo menos desde los tiempos de la Antigua Roma — se dio un proceso político eleccionario abierto entre bandos fuertemente encontrados, donde el incumbente del partido que había dominado el aparato administrativo desde 1789 fue derrotado por la oposición. Sabiendo que la historia de la humanidad está repleta de luchas de poderes violentas y que conducían a guerras para cambiar el poder, un observador contemporáneo hubiese podido pensar que el desenlace de la lucha de bandos entre Jefferson y Adams culminaría en una guerra civil, fracasando así el experimento democrático americano. Pero no. Sorprendentemente, por primera vez en tantos siglos, hubo una transición pacífica del poder. Fue de las primeras veces, pero definitivamente no la última, que los Estados Unidos desafiaría las predicciones de su muerte y fracaso como república.

La importancia de ese momento, confieso, no la entendí la primera vez que lo leí. En el mundo moderno la transición pacífica del poder y las elecciones libres son la norma en casi todo el mundo Occidental. No siempre fue así, observar la larga tragedia del ser humano en la búsqueda de la libertad ayuda a comprender lo frágil y raro que es la estabilidad política y la alternancia del poder. Después de Roma, pasaron siglos de intentos fallidos hasta que lentamente — no sin antes pasar por una guerra civil y la Revolución Gloriosa de 1688 — el sistema parlamentario británico fue recuperando y desarrollando la teoría democrática de que gobierna quien obtiene el favor de la mayoría, y el que lo pierde debe ceder el control del Estado.

Las democracias se caracterizan por algo más allá que la ley o la constitución, es necesario que exista un espíritu democrático entre el pueblo para que esta perdure. Cuando eso existe, con el paso del tiempo se forman precedentes, reglas no escritas pero que son igual de importantes en regir una democracia. Una de esas tradiciones es, por ejemplo, el que el candidato que pierde la elección acepte la derrota deseando lo mejor al nuevo funcionario electo. Mucho antes del nacimiento de una dictadura, esos precedentes van muriendo poco a poco. Son como las señales de un cuerpo enfermo. En la Antigua Roma ocurrió que se fue dando el fenómeno de demagogos que fueron deslegitimando las instituciones republicanas. Cada demagogo era peor que el anterior, manipulaban a la ciudadanía con mentiras e hipérboles en favor de sus fines siniestros, hasta que llegó a reinar la violencia en vez del diálogo. Mientras cada demagogo contribuía algo a la decadencia de las normas, el próximo miraba y se preguntaba ¿por qué no puedo hacer eso y más? Así las cosas, eventualmente Roma cayó en la tiranía.

En estas elecciones hemos visto a los demagogos modernos. Alimentados por la prensa, la cultura del espectáculo y la histeria, vemos primero a Donald Trump. El presidente derrotado que ha creado una realidad alterna para sus seguidores en donde triunfó, pero le arrebataron su victoria; alimentándoles a estos diariamente alegaciones de fraude electoral sin base. En el contexto criollo tenemos un espíritu de radicalismo demagogo dentro del Movimiento Victoria Ciudadana (MVC), quienes primero atacan el mandato electoral del gobernador electo, Pedro Pierluisi, y ahora – en una sociedad que ha perdido la fe en sus instituciones – atacan la legitimidad, sin pruebas, de los resultados electorales. El insistir haber ganado una elección al haber sido derrotado lacera el espíritu democrático. El perder unas elecciones libres y deslegitimarlas, incitando a manifestaciones para desbancar el gobernante sin razón, son inmadureces políticas. Si solo aceptamos la legitimidad electoral cuando ganamos, entonces no somos democráticos, somos algo menos. Como consecuencia de estas prácticas bochornosas, ya para gran parte de la sociedad los funcionarios electos son ilegítimos, esto es veneno para la estabilidad política y democrática.

MVC, afortunadamente, no tienen el poder ni la disciplina – por ahora – de hacer mayor daño a las instituciones, aunque sus seguidores van en crecimiento y muchos les creen ciegamente. Pero Trump en los estados ha tratado de que las legislaturas republicanas ignoren el mandato electoral y pongan electores que lo elijan a él por encima de la voluntad popular. Fue un intento patético, sí, pero rompió una norma. Abrió un poco la puerta. ¿Qué previene que el próximo demagogo abra un poco más la puerta hacia la tiranía? ¿Qué pasará si se sigue rompiendo el espíritu democrático? Como dijo el presidente Lincoln, “una casa dividida en sí misma no puede durar”.

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