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CRÓNICAS

“Cuando daba gusto ser PNP” – Mario Ramos Méndez

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Por: Mario Ramos Méndez

Desde la reciente desafiliación y postura apolítica que disfrutamos podemos ver cosas que antes no veíamos. El fenómeno de atención cambia y lo que no veíamos antes lo vemos ahora. El respaldo a un político surge de la misma forma que el enamoramiento; los vemos primero, nos resulta simpático, nos atrae, nos gusta su estilo, luego sus ideas, lo hacemos parte de nuestra identidad y ya estamos enamorados. Es la versión del proceso que finaliza en el amor, del que habló José Ortega y Gasset en su monumental obra, Estudios Sobre el Amor.

Siempre debemos tener en mente que toda creencia política o religiosa sale primero del corazón, de los sentimientos y de la necesitad; pues la creencia es una forma de orientarse en la vida, como brújula y punto de partida. Luego la mente busca sus justificaciones racionales para tratar de convertirlo en idea. O sea, como han dicho algunos; “El amor pone belleza donde no la hay.” Eso explica por qué en política y religión las discusiones son acaloradas. Por eso, decía Borges: “Las opiniones de orden político o religioso no son otra cosa que estímulos.”

Muchos de los que hemos estado en esa pérdida de tiempo que se llama política –me costó años comprobarlo, y lo deje a golpes recibidos- creíamos que nuestras creencias políticas -creencias y no ideas, según la metodología de Ortega y Gasset- eran las correctas y las del contrario las equivocadas. Eso es parte del mismo enamoramiento, donde a la inversa de la ambición nuestra hierba es más verde que la del opositor.

Esto fue parte del PNP desde sus inicios en agosto de 1967 cuando un grupo de leales estadistas liderados por Luis Ferré funda en la cancha Manuel Carrasquillo Herpén en Carolina, el Partido Nuevo Progresista. Desde ese momento daba gusto ser afiliado al PNP y la victoria de 1968 fue una felicidad colectiva que disfrutaron todos los militantes que lucharon. Igual pasó en 1976 con Carlos Romero Barceló –a mi juicio el mejor presidente y líder de ese partido- y en 1992 cuando ganó Pedro Rosselló.

Desde el segundo cuatrienio de Rosselló la lealtad al PNP por sus miembros comienza lentamente a afectarse. Los casos de corrupción, las refriegas internas con el barniz de guerra civil, la industria de contratos y el clientelismo erosionaron la imagen de dicho partido, y el sentido de identidad y pertenencia. Esto creó una emigración hacia la desafiliación. Creó en algunos el espíritu apolítico y en una cantidad mayor la nueva figura del “soy estadista, no penepé”, que todavía no se ha fortalecido y convertido en movimiento de derechos civiles porque sigue teniendo vínculos umbilicales con el partido.

Lo que hemos visto en los últimos veinte años es que el poder del dinero le ganó al poder del voto. El dinero todo lo compra; anuncios y promesas de lucro para actores de considerable influencia en diversos sectores de la sociedad. Y, la creación de Comités de Acción Política para destruir reputaciones y adelantar agendas políticas para el disfrute económico, como pudimos ver en la reciente primaria del PNP.

Todo este maremágnum que hemos visto percola con evidente daño en la confianza del pueblo. No es irreparable, porque en todos los sistemas políticos las crisis son pasajeras al existir un abanico de alternativas siempre presente. Lo vimos en 1980 en Puerto Rico y en 2000 en la elección presidencial entre Bush y Gore. En ambos casos la litigación en los tribunales fue intensa, pero al final el sistema siguió funcionando. Sin embargo, lo que si afecta es la identidad de la persona con su partido y en nuestro caso –por qué no- el sentimiento real de que en estos tiempos que vivimos en nada da gusto ser PNP.

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